Cuando la pintura es pensamiento

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“El color es un poder que influencia directamente al alma. El color es un teclado, los ojos son un martillo, el alma es una cadena. El artista es la mano que juega, tocando una tecla u otra, para causar vibraciones en el alma”

Wasily Kandinsky, De lo Espiritual en el Arte, Munich, 1911

 

Pensando en cómo abordar un recorrido por la obra de María Santi, conversamos sobre los ejes donde hace pie su creatividad para empezar a construir, a reflexionar sobre el trabajo en sí. Aparecen entonces cuestiones muy claras que se sostienen en el tiempo: la pintura como objeto de estudio, su potencialidad expresiva plasmada en múltiples soportes y sufriendo variadas aplicaciones, la persistencia del dibujo que establece la  trama subyacente con los trazos del pincel y el oleo blanco y la referencia ineludible a la naturaleza como fuente originaria de todas las cosas. En esta búsqueda por expandir la pintura, experimentar con sus cualidades físicas y derivaciones prácticas, forzar los límites y cuestionar los espacios comunes, la obra sale del bastidor y se vincula con el entorno. Y en ese punto es donde esa fuerza primigenia del ámbito natural se mide con los óleos, acrílicos, telas, papeles, objetos, instalaciones, performance, estableciendo una relación dialéctica, un debate con el arte.

 

Son muchas las series que ha pintado María Santi a través de los años y en todas es destacable cómo el factor común conceptual dominado por la persistente reflexión sobre la materialidad, se sostiene como columna vertebral a partir del cual se generan los cambios; casi como si se tratara de un oxímoron, diríamos que el eje es el mismo pero distinto, siempre. Una serie como True Color (2017), por ejemplo,  además de estar compuesta de pinturas, deriva en una “sub-serie” serigráfica y en una instalación que nace a partir de una residencia en Berlín ese mismo año. Materia, soporte e  imagen  se manifiestan con la impronta propia de la artista quien piensa a la pintura como un organismo vivo. Tela y pigmentos reformulan su protagonismo transformando obras planas en objetos o saliendo al espacio, poniendo en crisis la contextura materica de la pintura. También los Emblemas Chromáticos (2016) siguen este camino donde el acrílico se plasma directamente en cuerpos tridimensionales, cuasi escultóricos, abandonando la tela como soporte para transformarse en estructuras geométricas irregulares, polípticos de pared que si bien avanzan sobre el espectador, no llegan a invadir su territorio. Pero algo debe quedar claro: la fuente permanente de consulta a donde María regresa indefectiblemente para reelaborar su propuesta, parte de la bidimensionalidad de la pintura y de la tela; quizás su serie Circular (2016) pueda dar cuenta de ello de manera magistral.

 

Las instalaciones son otra de las vías utilizadas para sintetizar el espacio de la obra y del espectador: ellas proponen comprometer el cuerpo, recorrerlas, transitar la experiencia pictórica. El 2016 parece haber sido un año prolifero en este aspecto: A Flor de Piel, instalación realizada en Leipzig, integra video, pintura, objetos naturales y artificiales mixtos; también se replica la fórmula en Poncho Paintings y El último Día del Verano, aunque en esta última se suma la performance, reafirmando la premisa inicial: la materia vive. Gracias a la performance la artista logra, usando su cuerpo como "medium", operar sobre la naturaleza a partir de una acción pictórica donde la témpera colorea las hojas, donde ella se interna en el follaje e intenta, desde una espacio íntimo, resignificar el entorno, revitalizándolo a partir de la intervención artística. Otra residencia en Berlín da origen a Chromohiptnótico (2018) donde las telas son trabajadas del reverso forzando su disposición convencional y planteando así otro nuevo abordaje los materiales. Imágenes que crean un caleidoscopio hipnótico buscan hacer visibles los conceptos, alejar a las ideas del campo abstracto y plasmarlas en colores. En Armadura/ Encarnadura  (FALTA EL AÑO), la pintura y la instalación vuelven a asociarse pero esta vez interviniendo –literalmente- el cuerpo el cual se transforma gracias a una suerte de coraza espejada, en uno nuevo, embestido de una apariencia especular que provoca que su movimiento,  similar al de una danza,  refleje el espacio que lo contiene creando un eco infinito.

 

Otro grupo de obras nacen más cercanas al dibujo que a la pincelada. Frenesí Natural (2015), por ejemplo, se compone de fotografías que se sustentan en dibujos de la naturaleza; los Abigarrados (2017) son trabajos hechos con carbónicos sobre tela donde el dibujo vuelve a expandirse en el gran formato y hasta se integra con el video. Lo Eterno y lo Efímero (2015) y The Commonplace Can Be Extraordinary (2015) son otros dos buenos ejemplos de instalaciones desarrolladas a partir del dibujo (muestras llevadas cabo en Praxis Buenos Aires y Praxis NYC respectivamente): jugar con la aparente incompatibilidad de los opuestos, generando ambigüedad y duda en la percepción de las imágenes. En Timeless Path (2016) -desarrollado en Finlandia en base a la experimentación sobre la flora autóctona- es la combinación del dibujo con el video y la fotografía lo que da pie al desarrollo de un proyecto que no se cierra en sí mismo sino que acepta combinaciones variadas y transformaciones múltiples. Y la lista continúa…

 

No es este el espacio para desarrollar un recorrido  curricular. Basta con destacar que Maria Santi es Licenciada en Artes Plásticas por la Facultad de Bellas Artes-Universidad Nacional de La Plata, estudió con Tulio de Sagastizábal y realizó varios seminarios y clínicas con teóricos del arte. En 2014 cursó el Posgrado en Especialización en Medios y Tecnologías para la Producción Pictórica en la Universidad Nacional de las Artes y su obra es representada desde hace casi una década por la Galería Praxis Buenos Aires, participando de múltiples muestras  y salones nacionales. Es importante  destacar la fuente inagotable de inspiración y formación que obtiene gracias a una constante en su carrera: las residencias internacionales; GlogauAir Berlín, Alemania (2017), Residencia Artística Arteles, Finlandia (2016), Residencia Artística en Pilotenkueche, Leipzig, Alemania (2015), entre otras. 

 

En cambio sí me gustaría resaltar que la mirada contemporánea que ejerce María sobre la pintura, conserva de forma manifiesta, explícita, evidente,  una lectura sobre cuestiones y problemáticas claramente modernas, donde el eje de la reflexión pasaba por hacer de la materia, el sujeto de debate, el tema. Su obra no es por eso nostálgica sino más bien consciente de estos abordajes que nacen en las últimas décadas del siglo XIX y se extienden hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, desplegando un abanico de propuestas estilísticas, estéticas y conceptuales que desconocen límites y fronteras. Una búsqueda absolutamente contemporánea que suma al trazo del dibujo y el pincel, las nuevas tecnologías, la performance y todo atravesado por una mirada sintética, limpia y despojada.

 

La obra de María Santi no es perturbadora visualmente, no sacude al espectador que espera una estética de choque. Su obra es sutil, elegante, los materiales cuidan que esa lectura sea resguardada y aún así, discute con el pasado y plantea desafíos que se debaten entre el presente y el futuro. Una obra que respira en formato grande, que se nutre de la naturaleza para intervenirla e integrarla al lienzo respetando siempre su integridad y donde la capacidad de generar pensamiento y dudas no se agota nunca en tanto haya pigmentos, telas y preguntas sin respuestas que emanen de ellos.

 

Lic. María Carolina Baulo

Octubre 2018